Conferencia P. Jan

CUIDAR DE LOS INTERESES DE JESÚS: FIDELIDAD CREATIVA ANTE LOS DESAFÍOS DE HOY
P. Jan Pelczarski, OS
P. Jan Pelczarski OSJ
Acerca del P. Jan

El P. Jan Pelczarski, OSJ es de origen polaco que se desempeña como Superior General de la Congregación de los Oblatos de San José. Realizó su primera profesión religiosa en 1985 y los votos perpetuos en 1989. Fue ordenado sacerdote en 1991.

Es licenciado en Teología Moral por la Pontificia Universidad Lateranense de Roma. Además, cuenta con un doctorado en Teología Espiritual por el Teresianum y una maestría en Bioética por el ateneo Regina Apostolorum.

Introducción


El tema que nos acompaña en esta conferencia nace del corazón mismo del carisma de san José Marello y de su intuición espiritual fundamental: los Oblatos de San José están llamados a vivir a la escuela de san José, asumiendo como propia misión el cuidado de los intereses de Jesús.


La pregunta que guiará nuestra reflexión es esta: ¿qué significa hoy cuidar los intereses de Jesús? ¿Cómo podemos vivir este encargo recibido del Fundador en la primera mitad del siglo XXI, en un contexto histórico profundamente cambiado y marcado por nuevos desafíos culturales, sociales, eclesiales y espirituales? Y, sobre todo, ¿cómo podemos ser fieles al carisma sin limitarnos a repetir las formas del pasado, sino dejando que el Espíritu Santo suscite nuevas expresiones apostólicas?


Fidelidad y creatividad no son dos realidades contrapuestas. Una fidelidad sin creatividad corre el riesgo de transformarse en simple conservación; una creatividad sin fidelidad corre el riesgo, por su parte, de perder la propia identidad.
La verdadera fidelidad al carisma es una fidelidad creativa: custodia la fuente originaria del don recibido y, al mismo tiempo, sabe responder a las nuevas necesidades de los hombres y mujeres de nuestro tiempo.


Nuestra reflexión se desarrollará en tres momentos.


En la primera parte, buscaremos profundizar brevemente en el significado teológico y pastoral de la expresión «cuidar los intereses de Jesús», poniendo de relieve su fundamento bíblico y espiritual. Partiremos de la figura de san José, tal como emerge de los Evangelios, para comprender cómo vivió su propia misión en la total disponibilidad al proyecto de Dios y en el cuidado cotidiano de la persona y de la misión de Jesús.

En la segunda parte, presentaremos tres ejemplos concretos de creatividad pastoral, nacidos de la espiritualidad marelliana en diversas partes del mundo, haciendo también alguna referencia a la realidad mexicana. Estos muestran cómo nuestro carisma continúa generando respuestas nuevas a las exigencias del tiempo presente. La creatividad no nace de la búsqueda de la novedad por sí misma, sino de la capacidad de leer los signos de los tiempos a la luz del Evangelio y de traducir el don recibido en nuevas formas de servicio.


Finalmente, en la tercera parte quisiéramos detenernos en algunos desafíos que hoy conciernen a quienes, siguiendo el carisma de san José Marello, se dedican al cuidado de los intereses de Jesús. Son desafíos que tocan el modo de vivir la propia vocación, buscando permanecer unidos a Cristo y dejarse guiar por su Espíritu.


1.    
San José: el primer custodio de los intereses de Jesús


La expresión «cuidar los intereses de Jesús» constituye una de las intuiciones más profundas de la espiritualidad de san José Marello y representa una clave interpretativa fundamental del carisma de los Oblatos de San José. Esta no nace simplemente de una sensibilidad espiritual particular, sino que hunde sus raíces en el corazón mismo del Evangelio y en el testimonio bíblico de quienes han hecho de su vida un servicio al proyecto de Dios.

El punto de partida se encuentra en las palabras de san Pablo en la Carta a los Filipenses: «Todos buscan sus propios intereses, no los de Jesucristo» (Flp 2, 21). El Apóstol, al hablar de la misión de Timoteo, pone de relieve una diferencia esencial entre dos modos de vivir: por un lado, una vida centrada en uno mismo, en los propios deseos y en las propias ventajas; por otro, una vida abierta a Cristo y a su misión. Timoteo es presentado como aquel que ha aprendido a asumir los mismos sentimientos del Señor: cuidar de los demás, poner el bien de la comunidad en primer lugar y dedicar la propia existencia al Evangelio.

Los intereses de Jesús coinciden con lo que está en el corazón del Hijo y comprenden, en definitiva, la participación en su preocupación fundamental: la salvación de la humanidad y el cumplimiento de la voluntad del Padre.

Dentro de la perspectiva bíblica, san José aparece como el modelo más luminoso de quien cuida los intereses de Jesús. Los Evangelios no recogen palabras suyas, pero presentan una vida totalmente orientada a la realización del proyecto de Dios. José es el hombre que acoge una misión que no ha elegido, entra en un misterio más grande que sus propios proyectos y pone su propia existencia al servicio de la historia de la salvación.

En los misterios de la infancia de Jesús, así como en su vida oculta de Nazaret, san José continúa cuidando los intereses de Jesús. A través del trabajo cotidiano, la vida familiar, la educación y la transmisión de la fe, él contribuye a crear las condiciones para que el Hijo pueda crecer «en sabiduría, en edad y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2, 52). Su servicio es oculto, pero esencial. José no anuncia públicamente el Evangelio ni realiza grandes obras visibles; sin embargo, prepara silenciosamente la misión de Cristo a través de la fidelidad a las responsabilidades cotidianas que Dios le ha confiado.

Es precisamente este aspecto el que impactó profundamente a san José Marello. Él reconoce en José de Nazaret el modelo del apóstol llamado a vivir no para sí mismo, sino para los intereses de Jesús. Así como san José dedicó cada pensamiento, cada trabajo y cada energía a la custodia del Redentor, así el discípulo está llamado a orientar toda su vida al servicio de Cristo.

En esta perspectiva, cuidar los intereses de Jesús no significa solo hacer algo por Él, sino vivir para Él. Significa dejarse involucrar en su misión, asumir sus preocupaciones como propias y poner a disposición de Dios la propia vida, las propias capacidades y el propio tiempo.


2.    
Cuidar los intereses de Jesús hoy: fidelidad al carisma y creatividad en la misión

La pregunta fundamental que interpela al carisma marelliano en la Iglesia es esta: ¿cómo continuar hoy cuidando los intereses de Jesús, permaneciendo fieles al don recibido y, al mismo tiempo, respondiendo con creatividad a los desafíos del presente? La respuesta no puede buscarse ni en la simple repetición de las formas del pasado ni en la búsqueda de las novedades del momento. Esta nace de un discernimiento espiritual capaz de custodiar la fuente originaria del carisma y, al mismo tiempo, de dejarse guiar por el Espíritu Santo hacia nuevos caminos.                                 

San José representa el modelo de este equilibrio. Él permanece totalmente fiel a la misión que Dios le ha confiado: custodiar a Jesús y a María. Sin embargo, esta fidelidad no se expresa a través de esquemas ya definidos. José debe afrontar situaciones imprevistas, tomar decisiones nuevas y encontrar soluciones concretas. Su fidelidad es creativa porque nace de un amor profundo por las personas confiadas a su cuidado. No posee una respuesta ya preparada para cada situación, pero posee lo esencial: un corazón totalmente disponible para amar y servir a Jesús.

El mismo dinamismo pertenece al carisma marelliano. San José Marello no nos dejó simplemente obras que conservar, sino una actitud espiritual que vivir: ser hombres totalmente orientados a Cristo, listos para reconocer hoy dónde Él desea ser servido. El carisma define las prioridades apostólicas del Instituto que deben realizarse con la pasión y la disponibilidad para consagrar la propia vida a fin de que el Señor sea conocido, amado y seguido.

Por eso, la fidelidad al carisma requiere un continuo retorno a los orígenes. Es necesario redescubrir el corazón de la intuición del Fundador: la espiritualidad de san José, la centralidad de Cristo, la comunión eclesial, el servicio humilde y oculto, la atención educativa y pastoral, sobre todo hacia las jóvenes generaciones. Estos elementos constituyen la fuente permanente a la cual hay recurrir para afrontar los desafíos del presente.

Al mismo tiempo, la fidelidad exige creatividad. Un carisma no es un patrimonio estático que se custodia en un museo, sino un don vivo confiado a la responsabilidad de las nuevas generaciones. Como una semilla que permanece fiel a su propia naturaleza, pero produce frutos nuevos según el terreno en el que se planta, así el carisma marelliano está llamado a encarnarse en las diversas culturas y en las nuevas situaciones eclesiales y sociales.

La fidelidad al carisma, por tanto, no consiste solo en conservar lo que hemos recibido, sino también en saber discernir hoy dónde los intereses de Jesús nos piden estar presentes y qué forma concreta debe asumir nuestro servicio. Desde esta perspectiva, quisiera detenerme brevemente en algunos desafíos particularmente significativos para nuestra misión. Pues es así como el carisma de san José Marello continúa viviendo: no simplemente repitiendo lo que se ha hecho, sino custodiando el mismo corazón espiritual y buscando, con creatividad y discernimiento, lo que hoy Jesús nos pide hacer por Él y por sus hermanos.


3.    
Respuestas creativas a los nuevos desafíos

Pasemos ahora a presentar tres ejemplos concretos de respuesta creativa frente a las nuevas circunstancias de nuestro tiempo. Son experiencias diversas entre sí, pero unidas por el deseo de leer las necesidades de las personas y de encontrar, a la luz del Evangelio y del carisma de san José Marello, respuestas concretas.


Estos ejemplos nos muestran cómo la caridad pastoral no es algo estático, sino que sabe renovarse y encontrar formas nuevas para estar cerca de las personas, sobre todo allí donde emergen nuevas pobrezas y nuevas necesidades.


3.1.         
El Centro de Espiritualidad: una respuesta a la sed de Dios del hombre contemporáneo


Entre los grandes desafíos de la Iglesia en el siglo XXI está el de responder a la creciente sed de espiritualidad que experimenta el corazón del hombre contemporáneo. Vivimos en un tiempo marcado por profundos cambios sociales, y la llegada de la inteligencia artificial junto con los escenarios futuros que deja entrever hacen prever ulteriores y radicales transformaciones en diversos ámbitos de la vida. La lucha contra la pobreza, la promoción de la paz, la defensa de los derechos humanos y el cuidado de la creación constituyen dimensiones irrenunciables de la misión cristiana.


Sin embargo, junto a estas urgencias, emerge con fuerza otra necesidad, a menudo menos visible pero no menos decisiva: la necesidad de satisfacer la sed espiritual. El hombre de hoy dispone de medios extraordinarios para comunicarse y mejorar las condiciones materiales de la existencia, pero, al mismo tiempo, continúa cuestionándose sobre el sentido de la vida, el valor del sufrimiento, el amor y la muerte, y ningún progreso científico o tecnológico puede sustituir la búsqueda del Absoluto.


El carisma marelliano está llamado a responder a este deseo fundamental del hombre. Como nos recuerda el Evangelio: «No solo de pan vive el hombre» (Mt 4, 4); el corazón necesita la Palabra de Dios, la oración, los sacramentos y un camino espiritual que ayude a leer la propia vida, como se decía antes, sub specie aeternitatis.


En esta perspectiva adquieren una importancia cada vez mayor los Centros de espiritualidad. Representan una de las expresiones más creativas de la pastoral, porque ofrecen a las personas espacios de silencio, de escucha, de formación y de acompañamiento espiritual.
En un mundo dominado por la hiperconexión y el ruido, estos lugares se convierten en auténticos oasis donde redescubrir la presencia de Dios y reencontrar la unidad de la propia existencia.


Fieles al carisma de san José Marello, comprendemos que evangelizar hoy significa también crear lugares en los que la espiritualidad josefina pueda ser conocida, estudiada, celebrada y vivida.
San José, hombre del silencio, de la fe laboriosa y de la vida oculta, continúa hablando con sorprendente actualidad al hombre contemporáneo, a menudo desorientado por la fragmentación y la frenesí de la vida cotidiana. Su testimonio nos enseña que la santidad nace de la fidelidad en las pequeñas cosas, de la confianza en la Providencia y de la capacidad de transformar el trabajo cotidiano en un lugar de comunión con Dios.


La Congregación ha dado vida, en los diversos continentes, a santuarios, centros de espiritualidad y casas de acogida, donde sacerdotes, religiosos y laicos pueden vivir experiencias espirituales transformadoras. Lugares como la Casa de Espiritualidad de Tagaytay, en Filipinas, la de Paestum, en Italia, y el Karuna Ashram de Vagamon, en India, atestiguan que evangelizar significa también crear espacios en los cuales el hombre pueda detenerse y, a la luz de la Palabra de Dios, reencontrarse a sí mismo.


El Centro de Espiritualidad Josefino-Marelliana de Apucarana, de la Provincia Nossa Senhora do Rocio, en Brasil, se propone como misión dar a conocer a san José para que, a través de su ejemplo y su intercesión, hombres y mujeres de nuestro tiempo puedan redescubrir la belleza de la vida espiritual y reencontrar el camino que conduce al Señor.


Uno de los aspectos más significativos de la obra realizada en Apucarana es la estrecha colaboración entre Oblatos y laicos en la organización de los retiros y cursos de espiritualidad, así como en la producción y difusión de subsidios impresos, digitales y televisivos.
La espiritualidad no se propone como una realidad reservada a unos pocos especialistas, sino como un camino accesible a todo bautizado.


El Centro publica cada tres meses la revista Estudios Josefinos, la cual acoge contribuciones de estudiosos procedentes de diversos países y favorece el diálogo entre la investigación académica y la vida eclesial, demostrando cómo la figura de san José continúa ofreciendo perspectivas fecundas para la reflexión teológica contemporánea.


La evangelización pasa también a través de la belleza. Por eso, el Centro alberga una extraordinaria exposición iconográfica dedicada a san José, compuesta por aproximadamente dos mil obras procedentes de diversas culturas, junto a una colección de casi cuatro mil imágenes de la Virgen María. La contemplación del arte sacro se convierte así en un recorrido de catequesis y de oración, capaz de hablar incluso a quienes se acercan a la fe a través del lenguaje de la belleza.


Con todo, la espiritualidad propuesta por el Centro no se limita a la formación intelectual. A través del Programa Kairos, ofrece un servicio concreto de acompañamiento a las personas que atraviesan situaciones de fragilidad. Psicólogos, pedagogos, fisioterapeutas, abogados y otros profesionales ponen gratuitamente sus competencias a disposición de quien busca apoyo humano, psicológico, espiritual o jurídico. Se realiza así una forma de evangelización integral, en la cual el anuncio del Evangelio se une al cuidado de la persona en todas sus dimensiones.


3.2.         
Custodios del Evangelio de la vida


La espiritualidad josefina nacida de la contemplación de la misión de san José como custodio del Redentor no se limita a proponer una devoción privada, sino que se convierte en una fuente de actitudes concretas hacia la vida, la familia y la sociedad. Entre las expresiones más significativas de esta creatividad espiritual está el compromiso a favor de la vida naciente, porque precisamente en la custodia del Niño Jesús se entrevé el modelo de acogida y protección de la vida frágil.


San José es quien recibe de Dios la tarea de custodiar el misterio de la vida encarnada. Su misión comienza junto a María, en el momento delicado del embarazo. Ante el misterio de una vida que crece en el seno de la Virgen, san José está llamado a realizar un acto de fe profunda: acoger lo que no comprende plenamente y proteger a Aquel que ha sido confiado a sus cuidados.


En el silencio de la casa de Nazaret, José continúa esta misión de custodia. Prepara el lugar donde nacerá Jesús, acompaña a María en el momento del parto y acoge al Hijo de Dios en la sencillez y en la pobreza de la gruta de Belén. Su presencia discreta revela una verdad fundamental: la vida necesita ser acogida, acompañada y protegida, sobre todo cuando todavía no posee una voz para defenderse.


A la luz de este misterio nace la creatividad de la espiritualidad josefina en el ámbito de la pastoral provida. La cultura de la vida requiere, en efecto, una pastoral integral. Esta comprende la educación en el valor de la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural, la formación de las conciencias, la ayuda a las familias, el acompañamiento de las mujeres que viven embarazos difíciles y la cercanía espiritual a quienes llevan las heridas vinculadas a la experiencia del aborto. La espiritualidad josefina enseña que la verdad siempre debe ir acompañada de la caridad y que la defensa de la vida debe vivirse con el mismo corazón paterno con que san José custodió a Jesús.


En los Estados Unidos, los Oblatos de San José han desarrollado diversas iniciativas en esta dirección. Desde hace años los cohermanos promueven en las parroquias programas de formación sobre el valor de la vida humana y sobre la responsabilidad cristiana de protegerla desde la concepción. A través de encuentros, catequesis y programas pastorales, ayudan a las comunidades a madurar una cultura de la vida fundada en el Evangelio y en la dignidad inviolable de cada persona.


Este testimonio encuentra también una expresión pública en la participación en la Marcha por la Vida en San Francisco. La participación en estas iniciativas no es solo una declaración de principios, sino también un acto de solidaridad hacia quienes no tienen voz y una invitación a la sociedad a redescubrir la belleza de la acogida de la vida.


En las temáticas provida hay que destacar también otra dimensión esencial: la sanación de las heridas. La defensa de la vida no puede olvidar el dolor de tantas personas involucradas en la experiencia del aborto. Dicha experiencia puede dejar heridas profundas en la dimensión física, psicológica y espiritual.
Por eso es necesario ofrecer no solo una enseñanza sobre la sacralidad de la vida, sino también caminos de misericordia, reconciliación y sanación interior.


En Santa Cruz, California, junto al Santuario del Custodio del Redentor, una particular imagen de san José expresa de modo elocuente esta misión. La estatua de bronce representa a José sentado en una banca, mientras sostiene entre sus manos a un niño no nacido. Su rostro transmite simultáneamente ternura y fuerza protectora. Es la imagen de un padre que acoge la vida y acompaña el dolor humano con compasión. Ante esta representación, muchas personas pueden reencontrar un espacio de oración y de esperanza, reconociendo que la misericordia de Dios es más grande que cualquier herida.


También en Bakersfield, junto a la iglesia en construcción de los Oblatos, el Jardín de la Memoria atestigua esta espiritualidad de la custodia.
En el centro se encuentran las estatuas de los Santos Esposos, de la Virgen de Guadalupe y de san José, dedicas a la memoria de los niños no nacidos. Este lugar se ha convertido en un espacio de consuelo para las familias que han vivido el dolor del aborto y, al mismo tiempo, en un testimonio público de la sacralidad de cada vida humana. El memorial anuncia una esperanza cristiana: ninguna vida está perdida ante Dios y cada persona permanece custodiada en el amor eterno del Padre.


Una sensibilidad espiritual similar se retoma en el programa de los laicos josefinos marellianos en México, donde la figura de san José ha sido propuesta como modelo de consolación y de sanación espiritual para las personas marcadas por la experiencia del aborto. El punto de partida es profundamente evangélico: Aquel que custodió la vida naciente de Jesús continúa hoy, a través de su intercesión, cuidando de las vidas heridas, ayudando a las personas a redescubrir la misericordia de Dios.


La creatividad pastoral inspirada en san José consiste precisamente en saber leer la vulnerabilidad humana y las heridas del tiempo presente a la luz del Evangelio. El carisma marelliano no se queda atrapado en el pasado, sino que genera nuevas formas de cercanía y de misericordia. Como José acogió a María y a Jesús en una situación marcada por la incertidumbre y la vulnerabilidad, así hoy estamos invitados a acoger a cada persona herida con respeto, compasión y esperanza.


3.3.         
La caridad creativa al servicio de los migrantes


Entre los numerosos aspectos de la figura de san José redescubiertos recientemente, uno cobra especial actualidad: el de patrono de los migrantes, refugiados y desplazados.
No se trata de una simple atribución devocional, sino de una lectura profundamente evangélica de su misión en la historia de la salvación. Por eso, su experiencia ilumina uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo: el drama de las migraciones.


El fenómeno migratorio es hoy una realidad global que involucra a millones de personas. Guerras, persecuciones, violaciones de los derechos humanos, pobreza, cambio climático y desigualdades económicas obligan a poblaciones enteras a abandonar su propia tierra.
Detrás de las estadísticas hay rostros, historias, esperanzas y sufrimientos. La Iglesia no puede observar esta realidad como espectadora, porque el Evangelio la llama a reconocer en el migrante el rostro mismo de Cristo.


Es significativo que el Hijo de Dios haya conocido desde la infancia la experiencia de la migración. El relato evangélico de la huida a Egipto (Mt 2, 13-15) presenta a la Sagrada Familia obligada a abandonar su hogar para escapar de la violencia de Herodes.

José recibe en sueños la orden del ángel, se levanta en la noche, toma consigo a María y al Niño y parte hacia una tierra extraña. No sabe lo que le espera, pero se confía completamente a Dios. Se convierte así en el custodio de una familia en fuga, compartiendo la inseguridad, el cansancio del viaje y la incertidumbre del futuro. Su presencia silenciosa enseña que la primera forma de amar consiste en custodiar la vida frágil. Custodiar significa acoger a la persona en su dignidad, protegerla en sus momentos de vulnerabilidad, acompañarla en el camino de integración y ayudarla a reconstruir su propia existencia.


También los Oblatos de San José han sabido ver en la historia de las migraciones un auténtico campo de apostolado. Si en el siglo pasado eran sobre todo los Oblatos italianos quienes partían para acompañar a sus compatriotas emigrados a Bélgica, Brasil y Estados Unidos, hoy los cohermanos provenientes de las jóvenes Iglesias de Asia son enviados a Italia para servir a las comunidades de inmigrantes. Se realiza así una forma de reciprocidad misionera que manifiesta la maduración de la Congregación y la catolicidad de la Iglesia: las Iglesias que antes recibían misioneros son ahora ellas mismas agentes y protagonistas de la evangelización.


En Italia, además, algunas casas, temporalmente sin una comunidad religiosa, han sido destinadas a la acogida de migrantes, como en el caso de Villa Quaglina y Este. No menos significativas son las experiencias de acogida e integración vividas en la comunidad de la Casa Provincial de Barletta-Sterpeto, donde se acogió a una familia proveniente de Ghana.


Esta inspiración evangélica toma forma en numerosas obras de la Iglesia repartidas a lo largo de las grandes rutas migratorias del mundo. Un ejemplo significativo lo representa la Casa del Migrante de la parroquia de Huichapan, en México. Situada junto a la línea ferroviaria por la que transitan miles de migrantes hacia la frontera con los Estados Unidos, se ha convertido en un auténtico lugar de misericordia. Cada mes acoge a cientos de personas procedentes de América Central y del Sur, ofreciéndoles una comida caliente, una cama, atención médica esencial, escucha y acompañamiento espiritual.


Muchos de estos migrantes enfrentan uno de los viajes más peligrosos del continente americano. Abordan los trenes de carga, atraviesan territorios controlados por el crimen organizado y están expuestos a violencias, extorsiones y explotación. En este contexto, la Casa del Migrante representa mucho más que un centro asistencial: es el signo concreto de una Iglesia que elige estar al lado de los más vulnerables. Junto a tantas otras obras promovidas por diócesis, congregaciones religiosas u organizaciones eclesiales, testimonia que el Evangelio se hace creíble cuando se convierte en cercanía.


Aquí surge uno de los aspectos más hermosos del carisma cristiano: la creatividad de la caridad. La caridad no consiste solo en responder a las necesidades inmediatas, sino en la capacidad de dejarse interpelar por las nuevas pobrezas y encontrar formas siempre nuevas de servicio. Cada época plantea preguntas diversas y el Espíritu suscita nuevas respuestas. La fidelidad al Evangelio no se mide por la simple repetición de las obras del pasado, sino por la capacidad de encarnar hoy la misericordia de Cristo.


La oración de los siete Gozos y Dolores de San José, que tradicionalmente rezamos cada miércoles en nuestras comunidades, expresa con sencillez esta convicción. La Congregación invoca a San José con estas palabras: «Haz que entre nosotros, tus hijos, crezca cada vez más aquella caridad que nos lleve a amar a todos los hombres como a hermanos nuestros».


Es una súplica que resume el sentido más profundo de nuestra misión. La creatividad de la caridad nace, en efecto, de la Eucaristía, donde aprendemos a reconocer a Cristo presente en el Pan partido y, al mismo tiempo, en el rostro de cada persona que sufre.


4.    
Algunos desafíos vinculados al «cuidado de los intereses de Jesús»


En esta tercera parte quisiéramos detenernos en algunas urgencias que hoy interpelan a quienes se dedican al «cuidado de los intereses de Jesús». Son las necesidades que nos invitan a mirar con atención nuestro modo de vivir la vocación y de servir a la Iglesia y a las personas. A la luz del ejemplo de san José Marello, buscaremos comprender cómo permanecer fieles a Cristo, afrontando con equilibrio y creatividad las nuevas situaciones de nuestro tiempo.


4.1.         
El desafío de mantener un equilibrio


Para completar adecuadamente esta reflexión, es necesario recordar que el carisma marelliano no se agota en el «cuidar de los intereses de Jesús», entendidos principalmente como compromiso apostólico. San José Marello acompaña esta expresión con otra dimensión esencial: «vivir en íntima unión con el Divino Verbo». Las dos realidades no pueden separarse, sino que se iluminan y sostienen mutuamente.

En efecto, existe el riesgo concreto de concentrarse tan intensamente en los intereses de Jesús que se pierda de vista a Jesús mismo. Es posible llegar a estar muy comprometidos en las obras, en las actividades pastorales, en la educación y en la animación de las comunidades y, sin embargo, perder progresivamente la relación personal con el Señor. En tal caso, el servicio corre el riesgo de transformarse en activismo y la misión en simple eficiencia organizativa.


San José ofrece una perspectiva diferente y profundamente evangélica: antes de custodiar la misión de Jesús, custodió su Persona; antes de ocuparse de las cosas del Reino, vivió cotidianamente al lado de Aquel que es su centro y Señor.
También para nosotros vale la misma dinámica espiritual. No podemos cuidar auténticamente de los intereses de Jesús si no cultivamos una profunda amistad con Él.

Nuestro crecimiento espiritual, la calidad de nuestra vida interior y la profundidad de nuestra relación con Dios no son algo añadido respecto a los intereses de Jesús, sino que constituyen parte integrante de ellos. También la santificación personal es, en efecto, una forma concreta de cuidar los intereses de Cristo, porque hace de nuestra vida una transparencia de su presencia en el mundo.


El cuidado de los intereses de Jesús comprende siempre también el cuidado del propio corazón y de la propia comunión con Él. Es Cristo mismo quien continúa cuidando del mundo a través de hombres y mujeres que permanecen unidos a Él.


San José Marello había comprendido bien esta verdad. Su intensa actividad pastoral y su amor por la Iglesia brotaban de una profunda unión con Dios, cultivada en la oración, en la meditación de la Palabra y en la vida sacramental y eclesial. Para él, el auténtico apostolado no nacía de la agitación, sino de un corazón habitado por el Señor. Solo aquello que rebosa de una verdadera experiencia de Dios, vivida en lo profundo del corazón y en la comunidad cristiana, puede convertirse en un servicio fecundo para los demás.


Como san José, que antes de actuar escuchaba y acogía la voluntad de Dios, también nosotros estamos llamados a encontrar ese equilibrio que permite a la misión brotar de la comunión con el Señor y retornar continuamente a Él.


En palabras del papa Francisco, dirigidas a los miembros de nuestro Instituto en la audiencia concedida tras el Capítulo General de 2018, la expresión «cartujos y apóstoles», orantes y evangelizadores al mismo tiempo, representa una «feliz síntesis» dejada por san José Marello (Discurso a los Oblatos de San José, 31 de agosto de 2018).


Para ser testigos incisivos del Reino de Dios, es necesario amar la oración, vivir «en íntima unión con el Verbo divino» y dejarse renovar por un constante diálogo con el Señor. Es de esta comunión de donde brotan la inspiración y la fuerza necesarias para un auténtico apostolado.


4.2.         
El desafío de custodiar la pasión por Cristo


Uno de los grandes desafíos de la vida religiosa y apostólica es el de suscitar, custodiar y renovar constantemente la pasión por Cristo a lo largo de toda la existencia. Al inicio del camino vocacional y del compromiso de los laicos, el entusiasmo nace a menudo de modo espontáneo y generoso; con el paso de los años, sin embargo, necesita ser alimentado, purificado y continuamente renovado. La pasión por Jesús, por el Evangelio y por la misión no es una emoción pasajera, sino un fuego que se debe custodiar cada día a través de la oración, la ayuda de la comunidad y el contacto vivo con las personas que se nos han confiado.


Es precisamente la pasión la que genera creatividad apostólica en el cuidado de los intereses de Jesús, impulsándonos a buscar caminos siempre nuevos para anunciar el Evangelio y responder a las necesidades concretas de las personas. Donde hay pasión nacen iniciativas, se afrontan las dificultades con esperanza y se descubren energías interiores insospechadas para el servicio. Cuando, en cambio, la pasión se debilita, se corre el riesgo de contentarse con el mínimo indispensable, de repetir gestos y actividades sin convicción y de dejarse aprisionar progresivamente por la rutina y la indiferencia.


San José Marello deseaba religiosos, religiosas y laicos animados por un amor ardiente por Jesús y por la Iglesia, porque sabía que solo un corazón apasionado puede cuidar de verdad de los intereses de Jesús. Por eso es necesario volver continuamente a la fuente de la propia vocación, para reavivar el don recibido y continuar sirviendo con alegría, generosidad y creatividad.


Junto a esta perspectiva, es preciso reconocer también algunas fragilidades que pueden surgir en la vivencia concreta de religiosos, sacerdotes y laicos comprometidos. A veces se manifiestan formas de desmotivación espiritual y pastoral que se reflejan directamente en la calidad del servicio. Puede suceder que la misión se viva de manera «superficial», con un progresivo debilitamiento de la participación interior, hasta manifestar signos de cansancio existencial y de un cierto «estancamiento pastoral». En estas situaciones se está presente en las actividades, pero sin un compromiso real, y a veces con una actitud de desapego o de desinterés.


Es motivo de preocupación también la condición de quien, aun estando muy comprometido en el cuidado de los intereses de Jesús, aparece interiormente privado de alegría. Sin la alegría espiritual, la vida pierde su atractivo y su fuerza testimonial. Cuando la alegría evangélica se pierde, la vida corre el riesgo de volverse opaca y se abre paso la tentación de buscar compensaciones en otra parte o de asumir actitudes de distancia, hasta convertirse en simples observadores o críticos de quienes, en cambio, se comprometen activamente en la misión.


Por esto, el tema del último Capítulo General encontró inspiración en las palabras de Ssan Pablo: «Te recuerdo que reavives el don de la vocación recibida». En continuidad con este llamado, también el próximo Consejo de Congregación, que comenzará la próxima semana en Monterrey, se sitúa en el signo de una renovada conciencia misionera: «Corazones ardientes y pies en camino: más allá del Jubileo 2028». Se trata de una invitación a despertar la pasión por Cristo en la vida de los laicos, de los sacerdotes y de los religiosos, a fin de que la misión no pierda su impulso interior.


La pasión nace y se alimenta en la oración personal y comunitaria, en el encuentro con las personas que viven situaciones de necesidad y en la vida fraterna en comunidad. Es de estas fuentes de donde brota un servicio gozoso, creativo y perseverante, capaz de hacer visible la presencia viva de Cristo en la Iglesia y en el mundo.


4.3.         
El desafío de mantener la propia identidad carismática


Un desafío fundamental para quien está comprometido en el cuidado de los intereses de Jesús es custodiar, profundizar y renovar continuamente la propia identificación con el carisma del Instituto. La tarea de la formación, tanto de los religiosos y sacerdotes como de los laicos, consiste precisamente en hacer que la experiencia espiritual del Fundador se convierta progresivamente en parte integrante de la identidad de cada miembro del Instituto y, en cierta medida, también de aquellos laicos que comparten la misma espiritualidad. No basta con conocer la historia de la Congregación, admirar a su Fundador o apreciar sus obras apostólicas; es necesario asimilar el modo de ver, de sentir y de vivir el Evangelio que el Espíritu Santo ha donado a la Iglesia a través del carisma fundacional.

Este proceso no se puede dar por sentado. La identificación con el carisma requiere un continuo camino de apropiación espiritual y de conversión personal. A veces puede debilitarse o perder fuerza. Puede ocurrir, por ejemplo, que un religioso sacerdote se identifique predominantemente con el ministerio sacerdotal, vivido según un estilo más diocesano, dejando en segundo plano la especificidad de la vida religiosa y la riqueza del propio carisma.


En otros casos, se puede tener la tentación de interpretar la vida apostólica sobre todo a partir de las propias sensibilidades, preferencias o convicciones personales, en lugar de dejarse moldear por la tradición espiritual del Instituto. Existen también situaciones en las que se promueven con entusiasmo otras espiritualidades, movimientos eclesiales o figuras de santos particularmente apreciados en el contexto pastoral, mientras que la referencia al patrimonio carismático recibido del Fundador corre el riesgo de pasar a un segundo plano.


En el caso de los laicos que comparten el carisma marelliano, se corre el riesgo de pertenecer al mismo tiempo a diversos grupos, seguir diferentes propuestas formativas y asimilar orientaciones espirituales muy distintas entre sí. Al final, más que una síntesis armoniosa, se puede crear una especie de mosaico fragmentado en el que resulta difícil identificar un centro unificador. El resultado puede ser cierta dispersión espiritual, lo que dificulta madurar un estilo de vida coherente y estable.


Cada carisma posee, en efecto, una lógica interna propia, un modo particular de leer el Evangelio, de orar, de vivir la comunión eclesial y de interpretar la misión. Ciertamente, la Iglesia vive de la riqueza de múltiples espiritualidades y todos los santos pertenecen a todo el Pueblo de Dios; sin embargo, cada familia religiosa está llamada a custodiar y desarrollar el don particular que le ha sido confiado para la edificación de la Iglesia.


Una de las urgencias más delicadas que la vida religiosa afronta hoy es la de custodiar y manifestar la propia identidad carismática dentro de la pastoral ordinaria de la Iglesia.
En muchos contextos eclesiales se corre el riesgo de una paulatina homogeneización entre los institutos religiosos. Las parroquias confiadas a congregaciones diversas terminan a veces por parecerse en todo: mismos programas, mismos métodos, mismas actividades pastorales. La única diferencia visible parece ser el escudo sobre la puerta de la casa parroquial o la imagen del Fundador colgada en una pared. Cuando esto sucede, el carisma corre el riesgo de reducirse a un elemento decorativo de la memoria histórica, en lugar de ser un principio vivo que inspira la misión.


La fidelidad al carisma no consiste en hacer cosas diferentes a los demás por el solo gusto de distinguirse, sino en vivir la misión común de la Iglesia a través de una sensibilidad espiritual y pastoral particular. Cada carisma es un don del Espíritu para la edificación del Cuerpo de Cristo y ofrece una perspectiva original desde la cual leer las necesidades del Pueblo de Dios y responder a ellas. Por eso, una parroquia confiada a los Oblatos de San José debería poder manifestar concretamente algunos rasgos característicos de su propia espiritualidad.


Para los Oblatos de San José, esto significa volver constantemente a la escuela de san José Marello y a su intuición fundamental: aprender a cuidar los intereses de Jesús a ejemplo de san José. Significa dejarse formar por una espiritualidad que une contemplación y acción, abandono a la Providencia y entrega apostólica, humildad y celo por el Reino de Dios.


Cuando esta convicción se convierte en criterio de la vida cotidiana, el carisma no se queda en un simple referente institucional o histórico, sino que se transforma en una fuerza espiritual capaz de orientar las decisiones personales, animar la vida fraterna, inspirar el apostolado y fortalecer el sentido de pertenencia a la Congregación.


En efecto, solo una profunda identificación con el propio carisma permite transmitirlo a las nuevas generaciones, inculturarlo en los diferentes contextos y mantenerlo vivo, creativo y fecundo en las cambiantes condiciones de la Iglesia y del mundo.


4.4.         
El desafío de transmitir el carisma a las nuevas generaciones


Hoy la responsabilidad de la vida consagrada es transmitir el carisma a las nuevas generaciones, con sensibilidad y lenguajes diferentes respecto a los de los orígenes.
A veces existe la tentación de considerar el carisma como un tesoro que hay que conservar intacto, casi como si fuera una realidad que se debe proteger más que vivir. En realidad, no es una reliquia del pasado, sino una realidad viva, don del Espíritu Santo a la Iglesia para que continúe generando vida a lo largo de la historia. Como una semilla, el carisma conserva su propia identidad no cuando permanece intacto, sino cuando acepta ser confiado a la tierra, dejar algunas formas del pasado para poder dar fruto en condiciones nuevas.


En esta perspectiva, la fidelidad no coincide con la simple repetición, sino con la capacidad de dejarse regenerar continuamente por el Espíritu. El carisma marelliano, como todo auténtico don eclesial, no está ligado a una época o a un lenguaje determinado, sino a una inspiración que puede y debe encarnarse en las diversas situaciones históricas. Por tanto, la pregunta decisiva no es cómo volver a proponer el pasado, sino cómo hacer comunicable hoy la experiencia espiritual originaria de la que nació la Congregación.


Una vía privilegiada para esta transmisión es el relato. El carisma, en efecto, no se transmite solo a través de conceptos o normas, sino también mediante una memoria viva y narrada. Contar la vida del Fundador, el estilo de los primeros cohermanos, las experiencias de las comunidades de los orígenes y los testimonios de quienes han encarnado fielmente el carisma significa hacerlo nuevamente presente y operante.


La tradición de la lectura del necrologio de los cohermanos difuntos es un ejemplo significativo de esto. No se trata solo de recordar biografías, sino de reconocer, en sus vidas, formas concretas de fidelidad y de configuración con el carisma. Cuando se afirma de alguien que «fue un verdadero Oblato», se expresa el reconocimiento de una vida profundamente moldeada por el don recibido y vivida según el espíritu de la Congregación.


Desde el punto de vista teológico, esta dimensión narrativa es profundamente coherente con la lógica de la Revelación. La fe cristiana se transmite a través de una historia narrada: el Evangelio no es simplemente un sistema de ideas, sino el relato de la acción salvífica de Dios en la historia. Por eso, también el carisma se comunica sobre todo a través de la memoria vivida y contada. Una Congregación que deja de contar su propia historia corre el riesgo, lentamente, de perder su propia identidad espiritual.


En esta misma línea se comprende la sabiduría de san Benito, quien recomendaba la lectura periódica de la Regla en la comunidad, a fin de que el estilo de vida monástico permaneciera siempre vivo y actual. De manera análoga, la lectura de las Constituciones puede convertirse en un verdadero instrumento de formación y de renovación espiritual, sobre todo cuando se valoran las partes que conciernen al estilo de vida y a la espiritualidad, y no únicamente los aspectos jurídicos.


No obstante, la transmisión del carisma se realiza también a través de la vida concreta de quienes lo han recibido. Cada religioso, cada sacerdote y cada laico que se reconoce en el carisma se convierte, para bien o para mal, en una forma de comunicarlo. La vida cotidiana es siempre un testimonio: puede ser atractiva y generativa, u opaca y de antitestimonio. Una vida coherente, habitada por la alegría y la caridad, se convierte ella misma en anuncio; en cambio, una vida apagada o carente de entusiasmo corre el riesgo de oscurecer lo que debería manifestar.


Por último, la transmisión del carisma exige la valentía de afrontar los cambios culturales. Las nuevas generaciones a menudo no poseen un lenguaje religioso inmediato y las categorías espirituales tradicionales resultan a veces lejanas a su experiencia. Esto no es un obstáculo que debamos lamentar, sino un llamado a discernir nuevos lenguajes capaces de comunicar la experiencia originaria del Espíritu.


Por tanto, transmitir el carisma significa entrar en un dinamismo vivo de memoria, relato, testimonio y renovación, para que lo que nació en el corazón de san José Marello continúe generando vida en la Iglesia y en el mundo de todos los tiempos.


Conclusión


Al llegar al final de esta reflexión sobre el tema «Cuidar los intereses de Jesús frente a los desafíos de hoy: fidelidad y creatividad», podemos reconocer que esta expresión no indica simplemente una tarea apostólica o un programa pastoral, sino que define una verdadera forma de vida en el seguimiento de Cristo.


Como familia marelliana, estamos llamados a formularnos continuamente la pregunta fundamental: ¿cuáles son hoy los intereses de Jesús que esperan ser custodiados y servidos? Estos se manifiestan allí donde la vida pide acogida, donde la fe necesita ser anunciada, donde los jóvenes buscan orientación, donde las familias necesitan ayuda, donde las personas heridas esperan misericordia y esperanza..

San José Marello nos recuerda que cada palabra, cada paso, cada deseo puede convertirse en expresión del cuidado de los intereses de Jesús. Nada es demasiado pequeño cuando se vive por Cristo. La misión nace de los gestos cotidianos de fidelidad, de la disponibilidad escondida, de la capacidad de reconocer y amar lo que Dios ama.


Por eso, fidelidad y creatividad no son dos actitudes contrapuestas. La verdadera fidelidad al carisma genera creatividad, porque nos impulsa a buscar, en las situaciones nuevas, los caminos a través de los cuales continuar cuidando los intereses de Jesús. Y la verdadera creatividad permanece fiel cuando nace de la escucha del Espíritu y de la comunión con Cristo.


Encomendemos, pues, el futuro de nuestra misión a san José, pidiéndole que nos acompañe en el camino y nos enseñe, como él, a vivir en íntima unión con Jesús y a cuidar de sus intereses con un corazón fiel, ardiente y creativo.


¡San José Marello, enséñanos a cuidar con alegría y pasión los intereses de Jesús!